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Entrevista  

Entrevista con Woodrow Borah

Por Carlos Marichal

13 de julio de 1990 en El Colegio de México*

Publicada en el "Boletín de fuentes para la historia económica de México", Número 3 (enero-abril, 1991), Centro de Estudios Históricos, El Colegio de México. pp. 45-55

Carlos Marichal (en adelante C.M.): Para empezar, creo que el público mexicano pudiera tener interés por conocer alguna información de carácter personal sobre su trayectoria, su carrera y sus intereses, que no aparezca divulgada en sus numerosas publicaciones.

Woodrow Borah (en adelante W.B.): La Hispanic American Historical Review (1) ha publicado una larga entrevista que contiene bastante información biográfica, en la que por cierto se incluyen opiniones mías que seguramente incomodan muchísimo a la gente.

C.M.: ¿Usted originalmente es oriundo de California y cursó todos sus estudios en Berkeley?

W.B.: No, en cierto modo en mi persona se sintetizan muchos aspectos de la experiencia norteamericana. Nací en el Estado de Misisipí y cuando tenía catorce meses de edad mi familia se trasladó a la ciudad de Nueva York. Más o menos cuando tenía diez años nos fuimos a vivir a California, a Los Angeles, y luego en 1936 (a mis veinticuatro años de edad) me fui para Berkeley, mientras que mi familia permaneció en Los Angeles; casi todos mis parientes radican ahí o en la región este o sur de los Estados Unidos. En realidad recibí casi toda mi educación en Los Angeles hasta obtener mi grado de Maestría; hice mis estudios en la Universidad de California en Los Angeles, (UCLA), que era una institución excelente, ya que estaba en pleno crecimiento, en la víspera de matricular un número considerablemente mayor de estudiantes. De ahí que ya se le había asignado por adelantado un presupuesto más amplio, de modo que había una proporción mucho mayor de profesores en relación con el número de estudiantes que lo que sería lo normal. Aún no se contaba con una biblioteca lo suficientemente grande para atender a todos estos estudiantes, y en consecuencia los profesores facilitaban el uso de sus propias bibliotecas. Yo trabajé sobre la historia medieval en la biblioteca de cierto profesor...Casualmente él poseía una de las mejores bibliotecas sobre la época medieval de Alemania debido a que había estado en Alemania durante los años de la gran inflación y por unos cuantos dólares había podido comprar colecciones enteras de obras que hoy día no se podrían conseguir.

C.M.: ¿Qué maestros fueron los que más influyeron en su formación o con los que usted tuvo un mayor acercamiento?

W.B.: Tuve un profesor de geografía quien me estimuló un interés por la geografía. Tuve un profesor medievalista que era muy bueno, y uno de historia de América Latina que era meticuloso y cuidadoso. Cursé estudios hasta el grado de Maestría y luego me fui para Berkeley, para incorporarme al programa de Doctorado. Mi idea era ponerme a trabajar ahí bajo la dirección de Bolton, pero cuando me entrevisté con él por primera vez me sugirió que fuera a ver a Sauer, quien era profesor de geografía, y Sauer me sometió a una especie de examen. Quería saber qué era lo que había estudiado y finalmente me aceptó en su seminario. Permanecí en su seminario por un período de seis años. Fue uno de los más brillantes de todos en los que alguna vez participé, posiblemente el más brillante.

C.M.: ¿Sauer fue una persona singularmente excepcional?

W.B.: Sí lo fue. Fue uno de los últimos hombres con sabiduría universal. Tenía una preparación extraordinariamente buena en historia, y una preparación igual de buena en botánica, zoología, geografía y geología. A través de Sauer tuve el gusto de conocer a Simpson, Cook y Kroeber quienes venían a conversar con él. También Cook fue un hombre con una de las mentes más creativas que jamás haya conocido. Simpson era una persona estimulante, con una personalidad vigorosa. Kroeber en aquel entonces era un antropólogo distinguido; su mejor trabajo no lo realizó sino hasta después de jubilarse; éste es Alfred L. Kroeber, el padre adoptivo de Clifton. En aquel entonces Kroeber estaba ocupado con la catalogación de rasgos culturales y fragmentos de cerámica y también ponía a sus estudiantes a trabajar en lo mismo, un ejercicio soporífero, pero cuando lo sacábamos de eso y nos poníamos a hablar de otros temas, entonces relucía su brillantez.

C.M.: Al principio usted mencionó a Bolton. ¿Siguió viéndolo?

W.B.: Asistí al seminario de Bolton. Para mi gusto, el Departamento de Historia era algo árido. Bolton estaba interesado en las tradiciones de California, el trasfondo hispánico, y se había creado para sí una gran reputación a base de resucitar y publicar los documentos y escribir libros sobre las figuras. Hubo otros profesores de historia de América Latina: Priestley, quien era un hombre muy encantador, escribió un excelente libro sobre Gálvez, ésa fue su tesis de doctorado, y también una historia de México, francamente bastante mala, y luego de eso, un poco para salirse de la sombra que le hacía Bolton, trabajó el tema de la colonización de América. Otro hombre fue Chapman, quien había sido un ex jugador de beisbol. El condensó una historia hispánica de Cuba en un solo volumen, un trabajo regularmente bueno, pero en su seminario lo que más contaba eran las comas, los puntos, y los errores gramaticales y yo provoqué gran revuelo al ponerme a examinar los ensayos desde el punto de vista de los problemas que se trataban, la estructura del ensayo y la suficiencia de las respuestas.

C.M.: Pero usted tenía buenas razones para ir a Berkeley, ¿no es así? Había un grupo bastante bueno de estudiosos.

W.B.: Fui a Berkeley atraído por la idea de que el Departamento de Estudios Históricos era excelente. Tenía una gran reputación, que en parte se había ganado a pulso y en parte dependía de una visión muy estrecha de la historia, pero lo que encontré fue un grupo de estudiosos americanistas reunidos alrededor de Sauer, que era realmente extraordinario, algo que es muy raro que pueda llegar a conjuntarse en un solo campo...Un grupo como aquél se forma casi de manera fortuita...y luego hay una época de gran brillantez que suele durar una generación, y luego el grupo se desvanece; la gente que lo integraba se jubila, se desbanda, y se agota la brillantez.

C.M.: ¿Fue en el seminario de Sauer donde empezó a realizar estudios sobre México o América Latina?

W.B.: Sobre América Latina, y principalmente sobre México. Sauer normalmente planteaba algún tema, que podía ser acerca de casi cualquier aspecto, que nosotros explorábamos en las discusiones de esa velada, reuniéndonos una vez por semana. El se extendía por todo el orbe. Los estudiantes geógrafos quedaban generalmente perplejos; ésa no era la geografía a la que estaban acostumbrados. Muchos de ellos habían venido por la reputación de Sauer en el campo, pero quedaron tristemente decepcionados debido a que simplemente no podían seguirle en su pensamiento y sus virajes. Uno o dos de los antropólogos, uno o dos de los historiadores, y uno o dos de los geógrafos, sí podían seguirle.

C.M.: ¿Tuvo que preparar trabajos al seminario de Sauer que de alguna manera estuvieran relacionados con su tesis?

W.B. No, el seminario no estaba organizado en función de las tesis. Básicamente la idea era estimular nuestras mentes, agudizarlas, motivar nuestro interés por varios temas; así podíamos encontrar los temas de nuestras tesis. En el seminario de Bolton teníamos, en principio, que explorar en relación con nuestras tesis. Yo realicé una exploración de la historia franciscana del siglo XVII y mi trabajo de tal modo perturbó a los franciscanos en el seminario, que uno de ellos escribió una carta al general franciscano en Roma, quejándose en ella de que Bolton estaba fomentando historias perniciosas.

C.M.: ¿Cuándo fue que finalmente definió un tema para su tesis?

W.B.: El tema para mi tesis fue la industria de seda en el México colonial. Esto lo decidí apenas el día de mi examen oral, una vez que el comité había terminado conmigo. Me dejaron tiritando en el pasillo mientras ellos discutían qué podría ser un buen tema de tesis, uno que ellos pudieran sugerirme. Con anterioridad me habían preguntado qué era lo que quería hacer y les había contestado que a mí me gustaría examinar una industria colonial. Sopesaron cuidadosamente varias de ellas, y finalmente Sauer sugirió la de seda. Cuando me mandaron llamar y me dijeron que había sido aprobado, también me sugirieron la industria de seda. Pues bien, les dije que me gustaría investigar un poco en torno de ella. Me pasé cerca de un mes investigando el tema y encontré que al respecto había bastante que se podía hacer.

C.M.: ¿Vino a México inmediatamente después de entonces?

W.B.: No, primero revisé el material que había en la biblioteca de la universidad y recopilé todo lo que pude sobre la seda. En ese tiempo también metí mi solicitud para una beca de viáticos para realizar mis investigaciones, la cual me fue concedida, mas no fue sino apenas hasta el verano después de mis exámenes orales cuando vine por primera vez a México.

C.M.: ¿Vino directamente a México?

W.B.: No, primeramente fui a Texas a examinar la Colección de la Universidad de Texas. Acababan de adquirir la biblioteca de García Icazbalceta. Ahí conocí a Nettie Lee Benson, quien era una joven asistente bibliotecaria, y quien muy amablemente me permitió examinar todo lo que había. Cuando llegaron sus superiores, ya no se me permitió tener más acceso; ellos no tenían ningún interés en que estudiantes de otras universidades pudieren consultar la colección. De modo que me fui, tomé el tren, viajé rumbo a Laredo, Nuevo Laredo, Saltillo y luego, de parada en parada, hasta llegar a la ciudad de México. A bordo del tren en aquel entonces todavía viajaban soldados, guardias, toda vez que (cuando pasamos por San Luis Potosí) la rebelión de Cedillo aún seguía.

C.M.: ¿De modo que vino a la ciudad de México y empezó a trabajar aquí?

W.B.: Vine a la ciudad de México y empecé a trabajar en el Archivo General de la Nación, que entonces aún lo tenían albergado en Palacio Nacional. Ahí Luis Ceballos, el paleógrafo oficial, me ayudó a aprender paleografía, que yo no conocía, y los empleados me ayudaron muchísimo en lo que se refiere a cómo estaba organizado el archivo, en dónde había probabilidades de que yo pudiere hallar el material que buscaba, etcétera.

C.M.: ¿Permaneció aquí durante varios meses?

W.B.: Pues, permanecí aproximadamente un año.

C.M.: Este primer estudio suyo, ¿puede decirse que fue en historia económica o en historia socioeconómica?

W.B.: Fue un poco de historia de la agricultura, un poco de historia económica...En la primavera de 1939 fui a Oaxaca porque quería averiguar las cantidades de seda que habían sido cultivadas. A mí me pareció que la única pista estaría en los diezmos; de modo que fui a Oaxaca para averiguar si acaso había materiales relativos a los diezmos en el archivo de la catedral. Tuve que aguardar a que el arzobispo regresara de una gira pastoral, estuve sin hacer nada cerca de dos semanas, pasando el tiempo en Oaxaca, paseándome por las calles, engordando con la comida...Entonces regresó el arzobispo. Muy gentilmente, él intercedió con el cabildo que, según resultó ser el caso, tenía el control del archivo, y me permitieron tener acceso al mismo. Todo se encontraba en un grandísimo desorden en una de las bodegas de la catedral, en donde desafortunadamente no se disponía de iluminación sino únicamente durante una hora en todo el día gracias a un agujero en el techo por donde entraba la luz natural cuando el sol pasaba directamente arriba, ¡entonces había luz! Sin embargo, me las ingenié para sentarme en el portal, con mis pies echados en dirección de una capilla y podía poner los documentos de modo que con la luz de la capilla alcanzara a leerlos. También pude inventariar una buena parte del archivo; posteriormente publiqué un artículo sobre eso. Por cierto, sí, encontré suficiente material de diezmos para darme una idea de la producción de seda.

Después de eso, viajé por el ferrocarril de vía angosta de regreso a Puebla, y revisé el archivo de Puebla. No fue mucho lo que encontré sobre seda, pero sí hice un inventario del archivo. Relacionado con esto último, hay un relato interesante. El presidente municipal quería negarme acceso al archivo; decía que los archivos por su naturaleza son privados y además contienen planes que tienen un valor militar, y que seguramente yo era un espía de Estados Unidos. En verdad me sorprendió. Tan sólo atiné a decirle que los únicos planes que tienen algún valor militar serían los que habrían tenido algún valor para la guerra de 1846, ¡lo que por supuesto no ayudó nada! Conseguí poder consultar los archivos de un modo bien peculiar. Un periodista español que trabajaba para un diario de la ciudad de México se hizo amigo mío y acordó un trato según el cual yo iba a poder consultar el archivo. El regente quería cuatro columnas de publicidad sobre la nueva cocina del reclusorio que estaba por inaugurar. El periodista tenía pensado darle sólo una columna de espacio. El "acuerdo" fue que el regente recibió dos columnas y a mí se me dio permiso para consultar el archivo. Estando adentro trabajando en el archivo, el archivista se convenció de que yo era completamente inofensivo, y de ahí en fuera nos poníamos a beber tequila en perfecta armonía y todo marchaba a las mil maravillas. El único problema era que salíamos a las dos de la tarde para sentarnos en algún sitio a beber. El archivista debió haber tenido una barriga sin fondo. Podía echarse entre pecho y espalda una cantidad increíble de tequila y no pasaba nada, pero yo acababa ebrio. Entonces tenía que irme medio tambaleando hasta el hotel e ingerir una comida realmente buena para poder estar lo suficientemente sobrio para de nueva cuenta ponerme a trabajar a partir de las cinco de la tarde.

Mientras tanto, en la ciudad de México seguí conociendo a intelectuales mexicanos. Era un grupo muy interesante: Federico Gómez de Orozco, Manuel Toussaint, Edmundo O'Gorman, todo un grupo de gente que eran hijos de familias de hacendados, o de grupos allegados a las familias de hacendados. Muchos de ellos tenían una educación europea. Del Río, por ejemplo, había obtenido una excelente educación en Inglaterra en los años anteriores a la Revolución.

C.M.: ¿Trabajaban fundamentalmente en la universidad?

W.B.: Trabajaban como catedráticos y maestros, y como empleados de oficina. La Revolución había despojado a las familias de la mayor parte de sus propiedades, pero el gobierno desde luego necesitaba empleados de oficina, así que por lo regular ocupaban puestos de alto nivel en la burocracia. Edmundo O'Gorman, por ejemplo, fue subdirector de un archivo. Los demás se dedicaban a labores docentes. Todos se conocían muy bien entre sí y se reunían para discutir sobre diversos temas. Todos poseían un conocimiento muy detallado sobre muchos aspectos del pasado de México. Federico Gómez de Orozco era un diccionario de información. El fue quien me orientó hacia el Códice Sierro que contenía mucha información sobre el cultivo de la seda, misma que desconocía totalmente. Edmundo O'Gorman me guió por el archivo y me puso bajo la protección de él mismo. Me invitó a conocer la casa de familia en San Ángel en donde conocí a sus padres...

C.M.: ¿Usted diría que la mayoría de los miembros de este grupo tenían interés por la historia económica?

W.B.: Sólo en forma parcial, porque en aquellos tiempos no existía la división que existe hoy día...Cualquier tema que pudiera suscitar interés, ellos quizá se pondrían a explorarlo. No hacían estas distinciones. Manuel Toussaint tenía interés por la historia del arte y además fue fundador del Instituto de Investigaciones Estéticas. También Justino Fernández fue uno de los primeros miembros de dicho Instituto. Edmundo O'Gorman y otras personas contribuyeron materialmente a fundar el Instituto de Investigaciones Históricas. También había antropólogos, y eran muy capaces, la mayor parte de ellos autodidactas, algunos pocos habían obtenido una formación en Europa y en Estados Unidos.

C.M.: Posteriormente usted fue autor de un trabajo importante sobre el comercio colonial entre México y Perú. ¿Fue por entonces cuando surgió su interés por dicho tema?

W.B.: Dicho interés tuvo su origen en mi revisión de los papeles y documentos del archivo de Cortés, que realicé durante ese año. Pude reproducir en película una selección de documentos. Encontré los registros de una serie de viajes que se emprendieron en la década de los años 1550 y los fotografié y me los traje de regreso a Berkeley para leerlos después. También pude consultar el ramo de Mercedes en busca de material sobre el cultivo de la seda y noté algunas cosas sobre el comercio. Se me ocurrió que en alguna fecha más adelante quizá podría hacer algo sobre eso.

C.M.: El siglo de la depresión en Nueva España sigue siendo una obra muy influyente. Todavía es muy leída y las tesis que sostiene generalmente se usan tanto en cursos como en investigaciones. ¿Cómo evalúa usted esto?

W.B.: Lo curioso es que cuando lo escribí yo estaba adscrito al Departamento de Retórica (en la Universidad de California, Berkeley) y me había desligado bastante de la profesión de historiadores. Me relacionaba con Cook, Sauer y Simpson, Kroeber y en mucho menor grado con la gente de estudios históricos. No tenía la menor idea de que la gente estaba utilizando este libro, y me parece que lo estaban utilizando mal. En realidad, mi propósito era destacar la presión sobre las ciudades (en la Nueva España del siglo XVII), misma que las ciudades pudieron afrontar de manera exitosa, fundamentalmente como resultado de la contracción del PNB del conjunto de la economía colonial. La gente que utilizaba el libro empezó a pensar en un abismo terrible y grande en el que la Colonia estuvo inmersa durante un siglo. Y, claro, no fue así, de ninguna manera.

C.M.: Cuando escribió el libro, ¿pensaba usted en problemas similares en Europa en el siglo XVII?

W.B.: No. Cosa extraña, por un lado, tenía conocimiento de la discusión del siglo XIV, cuando la peste negra redujo la fuerza laboral en forma muy drástica y sobrevino una crisis. Y también estaba familiarizado con la teoría del ciclo económico, que la obra incorpora implícitamente, si bien nunca la llego a exponer de manera directa. En tiempos de una depresión hay una mejoría de capital y de inversiones, lo cual crea las condiciones para el siguiente auge. Lo que hice fue simplemente señalar la contradicción que existía entre la expansión de la población española y la contracción de la población indígena, lo que debió haber propiciado cierto tipo de dificultades.

C.M.: Su obra también tuvo alguna influencia en la discusión europea.

W.B.: Lo que pasó es que salió a luz en una coyuntura, cuando los europeos empezaban a investigar sus propias dificultades relativas al siglo XVII, y descubrimos que estábamos ocupándonos básicamente del mismo tópico. Pero en ese entonces no conocía el trabajo europeo sobre el tema; lo leí más tarde.

C.M.: Las publicaciones sobre la crisis del siglo XVII de Europa de hecho no aparecieron sino hasta varios años después de su obra, ¿no fue así?

W.B.: No. Ya se estaban publicando artículos. La discusión apenas empezaba en Europa...Yo redacté el primer ensayo durante el verano y el otoño de 1949 y lo leí como una ponencia en una reunión de historiadores en Oakland, me parece, pero luego lo corregí levemente y lo publiqué en Iberoamericana. Cuando el texto pasó a la consideración del comité editorial, se suscitó una gran polémica. Uno de los integrantes de dicho comité objetaba la idea, la prosa, todo, y tuve que defenderlo. El jurado de la Iberoamericana, a su vez, se indignó porque había sido cuestionado su juicio, y algunos de los miembros amenazaron con presentar su renuncia, pero Sauer amenazó con llevar la serie a otra imprenta. No creo que tenía el derecho legal, pero fue un gesto noble por el que yo estuve reconocido. Finalmente, el trabajo fue aceptado y publicado.

C.M.: A mí me parece que no obstante la importancia de las épocas anteriores, en los últimos años los estudiosos han centrado su atención fundamentalmente en el siglo XVIII.

W.B.: Sí, porque el material del siglo XVIII es accesible y puede leerse con facilidad y se relaciona muy bien con las fuentes europeas. El siglo XVII ha sido explorado mucho menos exhaustivamente y es, sin embargo, desde muchos puntos de vista, bastante más interesante que el siglo XVII en virtud de que es la época cuando el sistema colonial realmente está en proceso de concretar su forma que habría de perdurar posteriormente.

De nueva cuenta necesitamos examinar con mayor acuciosidad y cuidado la visita de Palafox, que constituyó un esfuerzo por reordenar la Colonia con objeto de satisfacer las necesidades financieras de la corona española. Fracasó porque los criollos estaban demasiado bien organizados, y la agitación que se desencadenó fue tan extensa que obligó el retiro de dicho personaje. No fue sino hasta más tarde, después de haber transcurrido un siglo y un cuarto, que la Corona pudo otra vez emprender el esfuerzo, ahora con Gálvez, y finalmente lograr su cometido. Por supuesto, con el éxito del mismo, siguieron protestas ruidosas que eventualmente produjeron un debilitamiento del control de la Colonia, de modo que el resultado es que hubo una preparación para la independencia.

C.M.: ¿Usted enfatizaría particularmente los efectos de las reformas financieras?

W.B.: Enfatizo la depradación de la riqueza de la Colonia. A raíz de la visita de Gálvez se aprovechó con mucho éxito de México para suministrar recursos a la tesorería española. Todos los ingresos del estanco del tabaco eran absorbidos directamente por la Corona y la partida que se llevaba la Corona de Nueva España era algo así como del orden de 20 a 30 millones de pesos por año..una cantidad enorme.

C.M.: ¿Diría usted, en términos generales, que en el siglo XVII hubo menos depradación de recursos en favor de España?

W.B.: Creo que sí. Por un lado, la evidencia es que los embarques a cuenta de la tesorería española casi llegaron a un punto de cero. La Colonia disponía más y más de sus ingresos para sus propios gastos. Entre el contrabando y los alcaldes mayores, y el peculado, no fue gran cosa lo que salió.

C.M.: ¿Sugeriría usted ciertas áreas de la historia económica del siglo XVII que valdría la pena desarrollar más profundamente? En muchos estudios, sorprendentemente, parece casi desvanecerse el siglo XVII.

W.B.: Sí, lo se; es un lapso desconocido de la historia. Cook y yo intentamos examinar algunas cosas. En nuestro estudio de la Alta Mixteca, por ejemplo, encontramos que el punto bajo de la población se registró en la década de los años 1620. Es probable que el arado haya empezado a adoptarse en el siglo XVII. Hasta entonces la población indígena en su mayor parte se había resistido a adoptarlo. Para entonces ya existía una enorme extensión de tierra arable en relación con las tierras cultivables y tenía sentido adoptar métodos extensivos de cultivo; antes de entonces, no era el caso. Hubo colonización de nuevas regiones, migración al norte, pues cada vez más pobladores hispánicos se asentaban en el norte. Al mismo tiempo, conforme España se enredaba más en asuntos europeos y era menos capaz de embarcar mercancías, el déficit fue llenado por el contrabando y la producción local. De este modo surgió una industria local de artesanías de cierta significación, junto con la producción local, más los aprovisionamientos provenientes del contrabando, y, supongo, del comercio con China.

C.M.: Usted mencionó el flujo migratorio de población hacia el norte. Me parece que existe una gran necesidad para hacer más estudios sobre la economía de ranchos en México. Existe un estudio de Dusenberry.

W.B.: Sí, yo lo conocí. Su estudio es una primera aproximación; debería rehacerse con mucho cuidado, debido a que había muchas cosas que él no entendía. Pero éstas eran cosas que no entendíamos en aquel entonces. Cuando empecé, había mucho de la historia de México que era un espacio en blanco. En realidad no contábamos con una historia política; podíamos enumerar a los virreyes, podíamos referirnos a algunos cuantos pleitos sobresalientes, podíamos dar los nombres de los obispos y de los arzobispos. No era mucho lo que se sabía.

C.M.: A partir de la aparición de su trabajo sobre la historia de la población afortunadamente ha habido una gran profusión de gente que trabaja en este terreno. En cierto modo usted y Cook crearon este terreno.

W.B.: No, demostramos que los métodos y el interés demográfico se podían emplear en materiales mexicanos. A veces hicimos uso de ellos en forma creativa, a veces en formas que otros habían explorado. Los historiadores mexicanos ya antes habían tratado de utilizar los tributos, pero nosotros fuimos más lejos...Todo el mundo se apoya en los hombros de sus predecesores.

C.M.: Profesor Borah, quisiera hacerle una pregunta final. Usted ha trabajado en muchos campos, la historia de la industria de la seda, el comercio colonial, la historia de la población, así como otros estudios de carácter más general, muchos de los cuales están relacionados con la historia económica. ¿Usted siente que hay algunas áreas específicas que deberían de ser tratadas con mayor profundidad?

W.B.: Creo que casi todas se verían beneficiadas si se les trabajara con más cuidado y durante períodos de tiempo más extensos. La administración local es casi una incógnita. En 1981 el Instituto de Investigaciones Históricas me invitó como profesor visitante. A mi me pareció que si iba a venir por un año, entonces debería compensar mi estadía, así que organizamos un seminario sobre la administración local, y de ahí salió un libro. Esperaba que el libro tendría valor por espacio de cinco o diez años cuando mucho, y que otros tomarían el tema y harían un trabajo mucho mejor, en un lapso relativamente pronto. Para mi gran sorpresa, no lo han hecho. Otros campos que necesitan más investigaciones son los referentes a la administración de pueblos indígenas, la forma en que se manejaban los asuntos de las provincias, y las relaciones de los gobernadores de las provincias, tanto en términos económicos como sociales, la forma en que los gobernadores sucesores cooperaban para ayudarse unos a otros a pasar la residencia, para sacar sus ganancias fuera del distrito, y así por el estilo. Todo el sistema era muy elaborado. Cuando empezaron a aflorar detalles, algunos miembros del seminario casi se rehusaron a creer en que semejantes cosas pudieron haberse dado.

C.M.: ¿Diría usted que hay que investigar mucho más en materia del comercio intra-americano?

W.B.: Es mucho lo que aún hay por hacer en materia del comercio interregional, así como intercolonial. Hay regiones de México respecto de las cuales son muchos los misterios. Yo he trabajado recientemente en la historia de precios de la Nueva Galicia y lo que no entiendo es que en una región en donde el movimiento de un grano como el maíz que no podía ser transportado más de cinco o seis días a lomo de indio, sin embargo los precios tienden a ser uniformes en todas partes del territorio. De algún modo, había una comunicación de estos precios. Y me han dicho que el mismo fenómeno ocurría en Europa. También encontré que en Zacatecas se había organizado un sistema muy astuto de aprovisionamiento. Tenían un camino para la circulación de carretas a Michoacán y a otros oasis cercanos, y fundamentalmente se estaban alimentando a sí mismos. Y podían mantener los precios a un nivel uniformemente bajo.

Para un avance rápido en los estudios de la historia económica de México nos hace falta echar las bases de estadísticas confiables, sistemáticas referentes a todos los aspectos, tales como las que se han desarrollado para Estados Unidos y Europa. Los materiales para tal base existen en grado sorprendente en México, España, y otros centros de archivos, pero no han sido explotados de manera adecuada. Prácticamente todos los tópicos que se han explorado en Europa y Estados unidos, en relación a lo hecho en México, aún siguen sin explorarse. Es bien poco lo que sabemos acerca del comercio, salvo lo referente a la ruta Veracruz-Sevilla. También hubo comercio entre regiones de la Nueva España, y de la Nueva España con otras regiones de Hispanoamérica. Sigue sin conocerse el contrabando y la ocultación de bienes, aunque es de suponer que ambos debieron haber sido considerables. Apenas empieza a explorarse el movimiento de inversiones y de producción dentro de la Colonia, así como los cambios en las formas de producción, de estructuras sociales, la historia de los negocios, los parentescos por matrimonio, los cambios en las corrientes dominantes de pensamiento, y el surgimiento de formas de vida y pensamiento distintivamente mexicanas o norteamericanas. Se podría abundar bastante. Prácticamente hace falta hacer todo, y ésa es una gran oportunidad para los estudiosos, puesto que casi en cualquier lugar donde volteen es seguro que encuentren un terreno fértil para explorar.

* Traducción de Joaquín Urquidi.

(1) Hispanic American Historical Review, 65,3 (1985), pp.401-442.

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